[Testimonio GP2, Roma] "Mi formación en el Instituto Juan Pablo II fue profética en mí"

Araceli es una ex estudiante mexicana que estudió en la sede de Roma del Instituto Juan Pablo II el 2003, y que a través de su testimonio nos devela una de las grandes virtudes del Instituto: su visión profética, capaz de responder con la verdad a los desafíos y las problemáticas actuales



San Luis Potosí, México a 05 de Agosto de 2019

Fiesta de la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor



Hoy exactamente [5 de agosto] cumplo 16 años de mi regreso a mi país de residencia, México. Dios fue y ha sido hermoso conmigo, me dio un regalo que nunca habría imaginado y que nunca será suficiente mi gratitud para con Él: irme becada a Roma, por dos años, para estudiar simultáneamente el Master en Matrimonio y Familia y el Master en Bioética, en el Instituto Juan Pablo II, de Roma, del 2001 al 2003.


Cada uno de los cursos me abrían un panorama, que en mi corazón resonaba al igual que los discípulos de Emaús: "¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino, cuando nos explicaba las Escrituras?" (Lc. 24,32). ¡¿Y cómo no iba a ser así!? Si en esos cursos y a través de cada uno de los profesores, era Dios quien iba delicadamente formando mi barro, con las manos de la verdad del auténtico amor humano.


Prof. Melina, Prof. Noriega, Prof. Laffitte, Prof. Grygiel (quien diligentemente me asesoró en mi tesis), compañeros del Instituto y del Collegium Lateranense me enseñaron a anhelar una vida cultivada en la promoción de la dignidad de la persona humana, no reducida a su dimensión horizontal, sino integrándola a su dimensión vertical: vida vivida de cara a Dios, hecho hombre: Jesús. ¡Cuánto me parecía lejano a mi realidad mexicana de aquel momento, temas como la ideología de género, el aborto, la eutanasia! Pensaba: ¡cuándo llegue todo eso a México!


Recuerdo perfectamente que mi anhelo era regresar a mi país para compartir todo cuanto ahí había aprendido, tenía el corazón lleno de fervor por hacer vida todo lo que generosamente había recibido en el Instituto. Ya de regreso a mi país, empecé a trabajar como docente universitaria en la Facultad de Psicología, en la Universidad Pública. Tuve la oportunidad de impartir cursos optativos, mismos que aproveché para impartir la materia de Bioética y de Antropología Filosófica. ¡Todo un reto! Estaba en una Universidad Pública, sin embargo la respuesta de los alumnos era estupenda. Y ¿cómo no iba a ser así? Su corazón también ardía, porque estas materias les hablaban al corazón, a un corazón expectante de respuestas del sentido auténtico de la persona.


Con el paso de los años me fui percatando que todo aquello que yo veía tan lejano que sucediera en México, empezó a hacerse realidad, se iba instaurando la cultura de la muerte en mi país. Mi formación en el Instituto Juan Pablo II fue profética en mí, porque ahora estamos librando una fuerte batalla contra estas ideologías contrarias a la dignidad humana, que de no haber yo recibido aquella sólida formación, seguramente el barro de mi humanidad hubiera sucumbido al relativismo moral.


HOY MÁS QUE NUNCA veo lo trascendental que fueron esos dos años para mí en el IGPII: fue semilla de convicciones fuertes, arraigadas en la verdad del Evangelio: “Díceles Jesús: ´Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así’”, (Mt. 19, 8). Con la gracia de Dios, no estoy dispuesta a claudicar y abandonar por “modas” todo lo que la Revelación, el Magisterio y la Tradición representan: la fuente de nuestra fe, el cimiento de nuestra esperanza y la directriz de nuestra caridad.


Que así como hoy, pero en el año 358 sucedió el “Milagro de la Nieve” en la Basílica de Santa María la Mayor, Dios y María Santísima permitan que caigan pétalos de rosas blancas en el Instituto Juan Pablo II, cuyo aroma les recuerde a todos los que forman parte de él, el sentido auténtico del amor humano con el cual cada corazón arde y está sediento: porque no debemos permitir que el Instituto Juan Pablo II deje de ser un oasis que se opone a quienes quieren ofrecer al mundo un agua que no sacia la sed de infinito.


Araceli Díaz Soraiz

Psicóloga




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